El megapuerto de Chancay inaugura una nueva etapa de expansión china en América del Sur y genera tensiones con Estados Unidos por su potencial estratégico.
En lo alto del acantilado, el susurro del oleaje oceánico se mezcla con el zumbido metálico de una obra titánica que se eleva a poca distancia. Es en la bahía de Chancay, ciudad a ochenta kilómetros al norte de Lima, donde la empresa peruana Volcan Compañía Minera concibió, en 2013, la idea de establecer los cimientos de un megapuerto que conectara de manera directa a América del Sur con Asia, más específicamente con China, principal socio comercial de todos los países de la región. El sitio no fue elegido al azar. Las aguas profundas del lugar permiten recibir portacontenedores que transportan hasta 18.000 TEU (equivalentes a 6,10 metros). Además, su ubicación permite trazar una línea recta perfecta de 17.000 kilómetros hasta Shanghai. En veintitrés días –es decir, doce menos que antes– ya se puede vislumbrar el epicentro del comercio mundial. Un ahorro de tiempo y de costos logísticos (20% menos por travesía) que impacta en el precio de las mercancías. Las rutas preexistentes obligaban a los transportistas de Sudamérica a llegar a China a través de los nodos portuarios de Manzanillo, en México, o de Long Beach, en California.
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