Tras la caída del socialismo en Europa del Este, las memorias del comunismo se convirtieron en terreno de tensiones. Nacionalismos, nostalgias y narrativas anticomunistas moldearon políticas y culturas que aún hoy influyen en la región.
La caída del socialismo en Europa del Este entrañaba una paradoja difícil de resolver: nadie pensaba que el derrumbe se fuera a producir, pero una vez que este se produjo a nadie le sorprendió. Al mismo tiempo, la extinción de un sistema que muchos consideraban imperecedero y la repentina transformación de las reglas del juego político, económico, social y cultural produjeron desorientación, incertidumbre y temor en sociedades hasta entonces acostumbradas a un nivel considerable de estabilidad y previsibilidad. Como sentenció un autor en una frase célebre, “todo era para siempre, hasta que dejó de existir” (1). La reinvención de Europa del Este luego del derrumbe del socialismo sucedió de modos muy distintos en cada país, en cada región, a veces incluso en cada pueblo y hacia dentro de cada familia. La escala de las transformaciones no fue la misma en todos lados, y el pasaje de un sistema a otro afectó de manera desigual a los distintos puntos de Europa del Este, arrastrando continuidades y provocando rupturas. En países como Polonia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Albania, las fronteras, la integridad de los Estados y su composición nacional se mantuvieron estables. En cambio, en Checoslovaquia, Yugoslavia, la Unión Soviética y Alemania del Este, el derrumbe del socialismo condujo a la redefinición de fronteras y soberanías, a la extinción de dichos Estados y su reemplazo por Estados nuevos, y en algunos casos incluso a la guerra. A la vez, la desaparición del mundo socialista de Europa del Este, con sus instituciones regionales comunes, sus tratados y múltiples formas de interdependencia militar y económica, abrió un proceso de reordenamiento geopolítico en el continente europeo con nuevos polos regionales, en particular con un declive del poder de Moscú en favor de las potencias occidentales y especialmente de las instituciones de la Unión Europea.
El período que se abrió en los años noventa y que la mayoría de los autores coinciden en denominar “poscomunismo” o “postsocialismo” fue uno de rupturas pero también de continuidades. Los procesos de transformación de los años noventa no pudieron sino estar fuertemente condicionados por estructuras, actores e ideas formados durante el socialismo, e incluso muchos de los actores que condujeron dichos procesos habían ascendido a la escena política en años anteriores, bien desde las entrañas mismas del régimen, bien desde el seno de la disidencia y la oposición. El poscomunismo, en más de un sentido, era también un vástago del comunismo.
* * *
La historia del socialismo estaba íntimamente vinculada a los avatares de la cuestión nacional en Europa del Este. En este sentido, no causa extrañeza que en su caída los regímenes socialistas arrastraran con ellos algunas de las soluciones que habían proporcionado a los conflictos nacionales de la región, a veces trayendo como contrapartida un ascenso irrefrenable del nacionalismo que supo en ciertos casos culminar en guerras fratricidas.
Europa del Este sólo volvería a conocer un conflicto tan dramático como el de Yugoslavia tres décadas más tarde. El 24 de febrero de 2022, Vladimir Putin se amparó en argumentos similares a los de Slobodan Milošević [Presidente de Serbia entre 1989 y 1997] para lanzar una ofensiva militar sobre Ucrania: adujo defender a los ciudadanos ucranianos de nacionalidad rusa, que consideraba amenazados por un régimen de tipo fascista. La sangrienta campaña que siguió terminaría de destruir el tejido social y cultural binacional que había caracterizado a Ucrania al menos desde los años veinte del siglo pasado. Aunque en este momento [inicios de 2025] es imposible prever el desarrollo de los acontecimientos, es probable que la guerra lanzada por Rusia haya vuelto imposible para siempre la convivencia entre los dos países vecinos, víctimas no solo de la violencia y la destrucción, sino del chauvinismo que esas coyunturas suelen generar incluso en las almas más templadas. Como corolario, la guerra ha terminado de galvanizar a la nación ucraniana, profundizando un proceso de construcción de un Estado nacional iniciado en el país al menos un siglo atrás, marcado en su momento por las acciones de la Rada y el Directorio, pero también por las fuertes políticas de ucranización del poder soviético que contribuyeron a reforzar la identidad de los ciudadanos. Estas continuidades, sin embargo, no son siempre evidentes: ante la ruptura histórica con Moscú que provoca la guerra en curso, la memoria del socialismo ha caído ineludiblemente presa de fuertes disputas interpretativas, muchas de las cuales no constituyen un esfuerzo riguroso por comprender la historia y asumir los aciertos y errores de las generaciones pasadas, sino antes bien una empresa política funcional al presente.
* * *
Desde 1989 hasta el presente, la memoria del comunismo ha desempeñado un papel fundamental en la configuración de las culturas políticas y públicas de Europa del Este. Una vez caído el socialismo, las primeras elecciones democráticas encumbraron en la Presidencia a antiguos comunistas en países como Serbia y Rumania, mientras que en otros el cargo fue a destacados disidentes anticomunistas como Lech Wałęsa en Polonia y Václav Havel en Checoslovaquia. La dureza de la transformación económica en algunos países hizo que pocos años después los comunistas reconvertidos en socialdemócratas volvieran al poder, esta vez por medios democráticos, como sucedió en Polonia en 1995 con la elección del antiguo líder estudiantil comunista Aleksander Kwaśniewski. La terapia de shock había generado descontento entre la población, lo que resultó en un pico de popularidad momentáneo para los antiguos comunistas. El momento fue efímero, no solo porque en los hechos los socialdemócratas no frenaron la neoliberalización de la región, sino también porque a partir de entonces los medios conservadores, activistas y antiguos disidentes interpretaron el giro de 1989 como una “revolución inconclusa” (2) un proceso de quiebre que no había acabado de consolidarse, y que era necesario relanzar para enterrar el comunismo de una vez por todas. Las élites de la región dieron por sentado que, para llevar hasta sus últimas consecuencias las revoluciones de 1989, había que ajustar cuentas con la memoria del comunismo y mostrar su verdadero rostro, caracterizado por la represión y la violencia.
A finales de los años noventa, la interpretación del pasado como totalitario cobró fuerza en la región y se aprobaron amplias leyes en materia de memoria, tales como el retiro de símbolos comunistas del espacio público, el establecimiento de centros de estudio e institutos de memoria dedicados a la investigación de los crímenes del comunismo y la formación de comisiones de la verdad, muchas de ellas inspiradas en experiencias como las de América Latina. Amplias capas de la población no abonaban estas interpretaciones: entre los ciudadanos que habían votado a alguien como Kwaśniewski en 1995 se percibía ahora una actitud nostálgica por el pasado comunista, un sentimiento que se manifestaba también en muchos otros países de la región, siendo quizás los más representativos Alemania del Este, donde se acuñó el concepto de Ostalgie (“nostalgia del Este”) para calificar la nostalgia de los años del comunismo, y las antiguas repúblicas yugoslavas, donde prevalecía cierta yugonostalgia. Ambas actitudes, por supuesto, no provenían de una reivindicación enteramente racional de la experiencia socialista: la Ostalgie no suponía una real añoranza de la represión de la Stasi y de la escasez económica, sino que rememoraba aspectos cotidianos y generacionales de tiempos más seguros, previos al torbellino neoliberal; en la ex Yugoslavia, la memoria de un pasado de unión nacional y progreso material se contraponía a las catástrofes de los años noventa (3).
Las leyes de memoria que muchos países aprobaron en el fin de milenio afianzaron un anticomunismo institucional que buscó tanto confrontar estas nostalgias parciales como abortar cualquier intento de revisionismo que amagara con devolver a los países a sendas socialistas. Entre finales de los años noventa y durante los años dos mil, se fundaron instituciones de investigación de inspiración anticomunista como el Instituto de la Memoria Nacional en Polonia, el Instituto para el Estudio del Totalitarismo en República Checa y el Instituto de Investigación de los Crímenes del Comunismo en Rumania. Sin embargo, el país que llevó más lejos la narrativa anticomunista como parte integral de la cultura política fue quizás Hungría.
Viktor Orbán, antiguo opositor del comunismo, accedió al puesto de primer ministro de Hungría en 1998. El nuevo premier ofrecía una versión radicalizada de la retórica anticomunista que con los años acompañaría de un discurso populista y nacionalista con claros componentes xenófobos. Aún como un joven disidente, Orbán ya había descollado cuando en 1989, saltándose la estrategia de moderación de la oposición, había pedido en un discurso público que se retirasen las tropas soviéticas de Hungría. La retórica populista y nacionalista más el anticomunismo de Orbán se encarnaron en uno de los recintos de memoria más importantes de todo el espacio poscomunista: la Casa del Terror.
Dichas narrativas son características de los lugares de memoria de Orbán, pero encuentran muchas similitudes con, por ejemplo, las políticas de memoria del partido polaco Ley y Justicia (PiS), liderado por Jarosław Kaczyński. Al igual que Orbán, Kaczyński fue en los años ochenta una figura destacada de la oposición, como miembro importante de Solidaridad. Si bien, como hemos expuesto en el libro, las oposiciones al socialismo fueron plurales y el conservadurismo nacionalista no fue la cultura política predominante, en el siglo XXI han sido figuras de las corrientes más reaccionarias las que han ocupado la escena en las políticas nacionales de Hungría o Polonia. En este sentido, las cuatro décadas de socialismo dejaron también como legado una retórica ferozmente anticomunista que, ya transcurrida una cuarta parte del nuevo siglo, continúa ofreciendo una versión maniquea de la historia y da alas al fuerte sesgo nacionalista de buena parte de los actuales gobiernos de los países de la región.
La memoria del comunismo en Europa del Este sigue siendo hasta hoy un terreno de disputas. En tanto autores, somos conscientes de que también estas páginas, con sus aciertos y sus imperfecciones, serán interpretadas como parte de esos debates. γ
1. Alexei Yurchak, Todo era para siempre, hasta que dejó de existir, Buenos Aires, Siglo XXI, 2024.
2. James Mark, The Unfinished Revolution. Making Sense of Communist Past in
Central-Eastern Europe, New Haven, Yale University Press, 2010.
3. Thomas Ahbe, Ostalgie. Zum Umgang Mit Der DDR-Vergangenheit in den 1990er Jahren, Érfurt, Landeszentrale für Politische Bildung Thüringen, 2005; Mitja Velikonja, “Lost in Transition: Nostalgia for Socialism in Post-Socialist Countries”, East European Politics and Societies and Cultures, 23, N° 4, 2009, pp. 535-551.
*Tomado de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2025.
*Respectivamente, Historiador, doctorado por la Universidad Nacional de General San Martín y la EHESS y Doctor en Historia por la Universidad Friedrich Schiller de Jena.
Fragmento de Nueva historia del comunismo en Europa del Este, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, agosto de 2024.
https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/search&search=A.%20suscripci%C3%B3n