A pesar de las protestas en Kinshasa y Bujumbura, la Unión Africana evitó condenar las incursiones de Ruanda en la RDC. Con apoyo militar y estratégico, el presidente Paul Kagame mantiene su doble juego: aliado de Occidente, pero desestabilizador regional.
A mediados de enero pasado, el Movimiento 23 de marzo (M23), grupo rebelde apoyado por Ruanda, tomó el control de Goma, en el este de la República Democrática del Congo (RDC). Menos de un mes más tarde, continuando con su avance, se apoderó de Bukavu, en Kivu Sur. No era la primera vez que Goma caía en sus manos: en noviembre de 2012, había aceptado retirarse de la gran ciudad del lago Kivu al cabo de dos semanas. En noviembre de 2013, después de un año de combates ininterrumpidos, de negociaciones y de presiones internacionales sobre Ruanda, el grupo rebelde había depuesto las armas (1).
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